El desorden interior no siempre se nota de inmediato, pero con el tiempo pesa. Pensamientos acumulados, emociones no atendidas y cargas silenciosas terminan afectando la claridad espiritual. Por eso, ordenar el corazón no es un ejercicio opcional; es una necesidad para caminar con integridad delante de Dios.
Dios obra con mayor libertad cuando el interior se presenta sin máscaras. El Señor Jesús no evitó el caos humano; lo enfrentó con verdad y gracia. De modo que, antes de intentar resolver lo externo, es sabio permitir que Dios alinee lo interno. Un corazón ordenado escucha mejor, responde con menos ansiedad y discierne con mayor paz.
Tal vez haya pensamientos que se repiten sin descanso o emociones que has postergado enfrentar. Preséntalas delante de Dios con honestidad, sin adornos ni defensas. Así que, en lugar de huir del desorden, entrégalo. Dios no exige perfección; pide verdad. Y donde hay verdad, comienza la sanidad.
Ordena tu corazón. Dios trabaja con claridad donde hay sinceridad. La Biblia dice en Salmos 139:23–24: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón…”. (RV1960).
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