23 Jan 2026 12:47

Ajustando la brújula

La brújula es uno de los inventos más importantes de la historia. Aunque hoy nos parece algo simple frente a tecnologías como la del GPS, su capacidad para señalar una dirección fija revolucionó la navegación, la exploración y el comercio. Su funcionamiento es sencillo, se basa en el magnetismo. Desde antiguo se observó que ciertos metales como la magnetita atraía a otros generando un campo magnético propio. Tanto en Grecia como en China lo descubrieron en torno al siglo V a.C, pero fue en China donde a este fenómeno físico empezaron a darle un uso religioso que pronto se tornó en ciertos usos prácticos. Los antiguos chinos hacían flotar agujas en cuencos llenos de agua o las colgaban de hilos de seda. Servían tanto para saber como alinear correctamente un palacio como para que los viajeros y los navegantes las utilizasen. En la alta edad media estas primeras brújulas chinas ya se habían convertido en un artilugio muy utilizado. A Europa llegaron más tarde. En el mundo clásico para orientarse se valían del sol o de la posición de ciertas estrellas. También empleaban los vientos predominantes que en la cuenca mediterránea siempre soplan en la misma dirección. En las grandes ciudades había torres de los vientos que señalaban cada uno de ellos y eso permitía orientarse correctamente. Ya en el siglo IX Carlomagno redujo los puntos cardinales a cuatro, los cuatro que hoy conocemos con nombres de raíces indoeuropeas: norte, sur, este y oeste, pero siempre relacionados con el sol. La brújula llegó siglos después por la ruta de la seda o quizá por el mar Rojo, seguramente a bordo de navíos persas o caravanas árabes. Las primeras menciones europeas datan del siglo XII. Los europeos la adoptaron rápidamente en versión seca, es decir, la aguja imantada sobre un pivote dentro de una cajita. De ahí viene nuestro brújula, del italiano “bussola”, que significa cajita. A los europeos les fascinó el invento. En 1269 Petrus Peregrinus escribió "De Magnete", el primer estudio sistemático sobre el magnetismo. Luego llegaron los mapas portulanos que incorporaban una rosa de los vientos que llegó a tener hasta 32 direcciones y que permitía una navegación mucho más precisa. La brújula facilitó la expansión europea tardomedieval y permitió a portugueses y españoles aventurarse en el océano Atlántico. Fue en estos viajes cuando los navegantes europeos advirtieron que la brújula no señalaba al norte propiamente dicho, sino a un norte magnético que está ligeramente desviado. Eso les obligó durante siglos a hacer ajustes para las grandes travesías oceánicas compensando la declinación, es decir, la diferencia entre el norte verdadero y el magnético. Ya en el siglo XVII descubrieron la razón: la Tierra es un imán gigantesco porque tiene un núcleo de hierro fundido en constante movimiento. En el siglo XIX los barcos con cascos de hierro crearon un problema añadido ya que el metal del barco afectaba a la brújula. Eso llevó al desarrollo de brújulas compensadas con correctores magnéticos. El siglo XX trajo nuevas mejoras e inventos como el girocompás sobre un giroscopio que resultaría imprescindible para la navegación aérea y submarina. Hoy las brújulas son digitales y todos llevamos una en el bolsillo dentro de nuestro teléfono, pero funcionan con el mismo principio y también las mismas limitaciones. Sigue siendo útil para senderistas, para marinos y, sobre todo, como metáfora. En El ContraSello: 0:00 Introducción 23:26 “Contra el pesimismo”… https://amzn.to/4m1RX2R

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