Hay momentos en los que seguir es un acto de fe, pero también hay momentos en los que detenernos es exactamente lo que necesitamos para escuchar a Dios. El problema aparece cuando confundimos movimiento con propósito y terminamos corriendo simplemente por cumplir con nuestra lista de pendientes. Aprender a parar puede significar descansar, soltar el control, despojarnos de aquello que nos está estorbando o hacer silencio para volver a escuchar la voz de Dios. Y, paradójicamente, a veces parar es la manera de poder seguir. Pero también habrá temporadas en las que Dios nos diga: sigue. No porque sea fácil, sino porque el miedo, la inseguridad o el cansancio no pueden decidir por nosotros. La clave está en discernir qué pide Dios de nosotros en cada temporada.
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