Escuchar es una forma silenciosa de amar. En una cultura acelerada, donde todos quieren ser oídos, la escucha atenta se ha vuelto escasa. Por eso, aprender a escuchar antes de hablar protege relaciones y guarda el corazón de conflictos innecesarios. Además, Dios habla a quienes hacen espacio para oír.
El Señor Jesús escuchó preguntas torpes, confesiones sinceras y silencios cargados de dolor. De modo que, escuchar va más allá de oír palabras; implica discernir lo que hay detrás. Cuando escuchas con atención, respondes con sabiduría y hieres menos. La escucha paciente abre puertas que las palabras apresuradas suelen cerrar.
De modo que en las conversaciones de este día, elige escuchar sin interrumpir ni preparar respuestas anticipadas. Permite que el silencio también hable. Dios puede usar tu disposición para escuchar como instrumento de gracia y sanidad.
Escucha con el corazón. Allí comienza la verdadera sabiduría. La Biblia dice en Santiago 1:19: “Todo hombre sea pronto para oír, tardo para hablar…”. (RV1960).
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