
En este devocional reflexionamos sobre una verdad que puede ser difícil de aceptar: nuestros padres pudieron equivocarse con nosotros, pero sus errores no tienen que determinar quiénes somos hoy.
A partir de Ezequiel 18:20, hablamos sobre las heridas de la infancia, el perdón, la responsabilidad personal y la importancia de aprender a honrar a nuestros padres sin justificar el maltrato ni permitir relaciones dañinas.
Tal vez no podemos cambiar lo que recibimos en el pasado, pero sí podemos decidir qué hacemos con ello hoy. En Cristo podemos llevar nuestras heridas delante de Dios, romper ciclos, aprender lo que no recibimos y construir una historia diferente para nuestra familia.
Un mensaje para hijos adultos que necesitan dejar de vivir definidos por las heridas del pasado, y también para padres que necesitan dejar atrás la culpa y recordar que sus errores no son su identidad.
Que Dios sane nuestro corazón, transforme nuestra historia y nos dé el valor para cambiar aquello que sí está en nuestras manos.